Restos del naufragio...

Es difícil saber qué escribir cuando tu cabeza es una especie de mar revuelto en que todo lo que flota son trozos del naufragio en que se ha convertido tu vida adulta. Tu conciencia se aferra a una puerta de madera sobre agua helada a lo Kate Winslet, pero lo cierto es que, en los dos últimos años, ningún barco, ni aquel solitario que salvó a tan pocos, ha tenido la misericordia de pasarse por donde deriva tu cabeza náufraga.

Y no es como en otras ocasiones. No va solo de la intangibilidad de una bonita realidad que proviene de esa tristeza y ansiedad que siempre han vivido contigo. No. Esta vez es más. No es solo tu naufragio interno, es el externo. El barco, en el navegaban tus sentimientos y en el que navegaba tu rutina, se han despedazado frente a la gran ola de una realidad dura y fría, llena de corrientes encontradas y que, en vez de encausarse, han decidido chocar entre sí, ejerciendo cada vez más presión a una endeble estructura que ha hecho todo por mantenerse a flote.

En la actualidad, tras dos años de anegar y poner parches inefectivos, ya no hay barco, solo residuos sometidos a las corrientes, las olas y los depredadores. Ya no hay dónde pisar o tierra a la vista. El cielo está cubierto y no se ve la estrella Polar. No pasa ninguna gaviota. Solo queda el agua que te arrastra sin ton ni son y la sensación de que esa puerta de Kate, es fútil intento de supervivencia, no durará mucho más.


Y no es que no sepas nadar. Lo has hecho. Ya lo has hecho en estas aguas, muchas veces, en distintos momentos, lo has hecho en tu barco emocional y en el del día a día. Has capeado tormentas, has sobrevivido. Es un mar que conoces, pero eso no evita que en esta ocasión se haya ensañado de una manera que no habías visto antes, o tal vez se trate de que después de décadas de navegar ya tus reflejos, tu instinto o tu resiliencia han disminuido.

Y es que viéndote entre los escombros de lo que pensaste que sería una vida más estable a los 41 años, solo puedes pensar en lo básico: en no hundirte. También piensas en que no deberías estar aquí, te vas en tus pensamientos a otros lugares inaccesibles que te generan confort, aunque esos mismos lugares sean espacios de destrucción. Pero es que se trata de que ya no entiendes nada. No hay arriba o abajo. No hay plan o estructura. Solo te sientes flotar sacudida por el mar, tragar agua salada y aferrarte a la puerta… sin saber muy bien si aún todo esto vale la pena.

Ahora que hemos establecido el naufragio y la circunstancia actual de deriva, he decidido intentar rescatar, a modo de escape en medio de este mar revuelto e incierto, retazos de los viejos viajes del barco, los de tiempos mejores o solo tiempos en que el agua no llegaba al cuello.

Hacerlo no es fácil, pero tampoco es difícil. Mi ex solía decirme que tenía demasiadas cosas en casa. La razón es que mi hogar son mis recuerdos, los regalos de quienes me quieren y los objetos que hacen de un lugar ajeno un espacio familiar y tuyo. La razón es que todo lo que era exactamente eso en mi infancia se perdió, cuando mi país y mi casa se convirtieron en cenizas de memoria y nada más. Así que sí, hay muchas cosas. Y para rescatar los tiempos en que surcaba el mar más o menos ilesa (que nunca por completo…), voy a revivir con cada uno de ellos un tiempo pasado… y no porque fuera mejor, sino porque fue especial. Y es que en momentos de naufragios vitales, humanos y mundiales, acercarse a la calidez de lo vivido, con la calidez personal de lo escrito, parece un buen plan... así que eso haré.

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